Criado en la casa de Bernarda Alba, repleta de mujeres, yo, el único varón entre todas ellas, me crié viéndolas laburar, progresar, gritar, pelear, llorar, gritar (de nuevo, sí), leer, cocinar, limpiar, asistir al colegio, a mis eventos deportivos, gritar (¿lo dije antes?), emprender, fracasar, levantarse. Levantarse una y otra vez.
Por sus trabajos pasaron situaciones de ninguneo, acoso, violencia.
En sus casas pasaron situaciones de abandono, desalojo, negación de parte de sus familiares.
Y siguieron adelante.
Estudiaron y trabajaron.
Y lograron mucho más de lo que quizás imaginaron. O quizás menos, pero sucedió finalmente lo mejor que pudo haberles pasado.
Y encima tuvieron que educarme.
Si algún hombre hubiese tenido que pasar por el diez por
ciento de lo que pasaron las mujeres de casa, hubiese tirado la toalla a
la primera de cambio, no tengo ninguna duda.
Me gustaría decir que estuve siempre a la altura de la educación que me brindaron. Pero no, en más de una ocasión fallé.
Así como ellas, millones de mujeres en el mundo siguen esperando un mundo más justo.
Mañana los varones cerremos la boca. Empecemos a cortarla con hacernos los machitos que las sabemos todas.
Mañana escuchemos y aprendamos.
En una de esas, empezamos a generar el cambio que hace falta para las próximas generaciones.
miércoles, 7 de marzo de 2018
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