Ella revela una sonrisa que disimula felicidad plena.
Pasa de un berrinche contenido, derramar un par de lágrimas redondas como uvitas jóvenes, a abrazar a esa persona que la espera en su casa, con un beso, un abrazo y ... esa sonrisa fingida.
Ella suplica por no tener que regresar, ruega al menos tener un día más, una hora al menos, lejos de su realidad.
Con sus pocos años de vida, tuvo que madurar de golpe, pasó de casi perder para siempre al hombre de su vida a tenerlo para ella sola y luego a verlo un par de horas durante la semana y un fin de semana de por medio.
Ella piensa mucho. Pasa un largo rato en silencio. Se pierde mirando televisión, duerme todo lo que puede, crea mundos de fantasía donde se refugia esperando ese llamado, esa visita, a ese hombre con el que se siente contenida, cuidada, amada. Ese hombre que cumple sus caprichos y al mismo tiempo le pone límites.
Ella carga con corazón roto y también con una cruz.
Ella se queda mirando la nada. Quizás al mismo tiempo que él lo hace.
Quizás los hermane un suspiro lanzado en sintonía.
Quizás, quizás él cargue la misma cruz y probablemente a él también le duela el pecho por los mismos motivos..
Quizás, quién sabe, quizás algún día carguen entre ambos una sola cruz, así el camino se hace menos pesado para ambos.
Amén.
lunes, 11 de septiembre de 2017
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