Dos de las integrantes de la casa de Bernarda Alba cosen y tejen. De hecho, en casa aún hay una máquina de coser, de esas que tienen un pedal y que hacen un ruido de locomotora.
De niño, solía esconderme debajo de ella y recibía un reto advirtiéndome que la máquina se me iba a caer en la cabeza y las agujas se iban a incrustar por todo mi cuerpo. Sí, las mujeres son bastante sádicas.
De esa máquina salieron los remiendos para los pantalones y mis camisetas, los ruedos para los pantalones y un par de cosas más.
Y de las manos de las tejedoras salieron unos pulóveres ... bastante feos.
Hay dos que recuerdo claramente.
La primera de esas prendas que me marcó a mis 15 años fue un pulover con lana gruesa, de color blanco, cuello redondo y que en el centro del pecho tenía un oso. El oso no era amenazante. El oso sonreía.
En resumen, tenía prácticamente un oso cariñoso como bandera y una declaración de castidad eterna.
Generalmente intentaba taparlo con una campera. Prefería transpirar hasta derretirme antes que dejar a la vista semejante atrocidad.
La segunda prenda fue un pulover azul, cuello en V que me hicieron para el colegio. El tema es que me hice el canchero y no quise medirme cómo me quedaba. Grave error.
Me levanté una mañana de mis 16 años y me puse el pulover. Me quedaba chico. Literalmente no podía levantar un brazo porque me quedaba como pupera y las mangas llegaban a los codos.
Me propuse no respirar. Así viajé en el bondi, de pie, mirando al frente, respirando lo menos posible y una vez que me bajé, caminando tan lento como podía.
Me deslicé en mi asiento en el aula sujetando la espalda del pulover con el respaldo del asiento.
Y así decidí que iba a quedarme todo el día.
Pero un profesor tenía otros planes. Ese profesor consideró que era oportuno que yo pase al frente a escribir en la pizarra.
En el primer movimiento cuando levanté la tiza, el pulover se elevó. Ustedes se preguntarán, ¿por qué no te quitaste el pulover antes? Yo les responderé: no lo sé.
La cuestión es que en ese momento uno de mis compañeros lanzó uno de los apodos más letales que recibí en mi existencia: buzo pequeño.
No volví a usar esa prenda, pero "buzo pequeño" había llegado para quedarse.
La última vez que me pasó, mi ex esposa me había tejido un chaleco. Las mismas circunstancias, no me tomé bien las medidas. Porque amo tropezar dos veces con la misma piedra.
Así, con el chaleco chico fui al trabajo y decidí quedarme sentado durante toda mi estadía.
Pero me llamó el gerente de administración. Me levanté y el chaleco se enrolló hasta llegar a mi ombligo.
El gerente se rió, todos rieron alrededor y en ese instante decidí divorciarme. No, no es cierto, eso fue mucho más adelante.
Todo, todo por no decir no a tiempo.
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